Internet pende de un cable

Como relatara Marcus Hurst en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, Armenia, con casi tres millones de personas, pasó 12 horas sin conexión en 2011 porque una mujer de 75 años cortó sin querer el cable que le proveía de este servicio en una zona rural de la vecina Georgia. Y al igual que le pasó a Armenia le puede suceder a otros tantos países. Porque la ecuación es bien clara: cuantos más cables, más posibilidades de esquivar el problema –como bien se sabe en la mayoría de los países occidentales. Aunque el problema nunca desaparece del todo y sólo cabe minimizarlo. Los cables de fibra óptica tuvieron, tienen y tendrán puntos vulnerables en los que se sustenta toda la red global.

Como los oleoductos que transportan el crudo que engorda la economía industrial o las autopistas terrestres y marítimas que conectan el comercio mundial, los cables son esos grandes desconocidos que hacen de la red algo real y global. Una infraestructura que es vital para la conexión entre individuos, empresas o países y que, como pasara con las casi olvidadas redes de telégrafos, permiten que la idea de la globalización sea una realidad hasta hacer del siglo XXI un mundo digital –y al algoritmo y el 01 nuestra nueva y voluble religión. Un mundo en el que cortar un simple cable puede dejar sin servicio a millones de personas. Y así, sea por un descuido o sea por una indisimulada jugada en el tablero de la geopolítica y la geoeconomía internacional, la crisis es inevitable y está a la vuelta de la esquina. O al menos eso asegura Pedro Baños, coronel en la reserva del Ejército español, exjefe de contrainteligencia y seguridad del Eurocuerpo y experto en defensa y en terrorismo.

El peligro existe y persiste. Y es así como se completa un mapa de puntos negros que imita, no por casualidad, el dibujo que tendría en mente, hoy, cualquier comerciante global. Al igual que los estrechos son de gran interés geopolítico para el comercio marítimo mundial –que concentra el 90% del total del transporte de mercancías a nivel internacional–, la red también depende de cables que utilizan estos mismos puntos críticos para ir de Oriente a Occidente y/o de norte a sur, sea por el subsuelo o el fondo marino. Su control, en consecuencia, se torna de vital importancia.

El Estrecho de Gibraltar es uno de esos pasos críticos de los que depende la conexión a la nube de millones de países. Otro es Suez y el mar Rojo. O el Estrecho de Malaca y el mar de la China Meridional y Oriental. E igual pasa con Panamá. O con las islas de Cabo Verde y Hawái. Todos ellos son lugares en los que los intereses del comercio mundial se entremezclan con la necesidad de mantener un (cercano) statu quo político. También si el objetivo es que las pantallas de nuestros móviles sigan trabajando sin interrupciones.

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Fuente: La Vanguardia