Región ALCUE: Auge, fraude y derrumbe de la reina de la gota de sangre

Elizabeth Holmes a los 19 años creó una empresa de análisis médicos que apoyada por grandes personajes y sus capitales. Parecía encabezar una revolución científica que le convirtió en millonaria. Próximamente será juzgada y puede ser condenada hasta a 20 años de prisión.

Hacia 2002 era una brillante alumna de química en la Universidad de Stanford y una de las becarias del presidente (en ese momento, George W. Bush). Después de un período de entrenamiento en el Instituto del Genoma de Singapur, volvió a su país dispuesta a revolucionar el clásico sistema de extracción de sangre para su análisis en laboratorio, esencial para el diagnóstico médico.

Holmes logró que su empresa Theranos llegara a estar valuada en 9 mil millones de dólares. Los primeros 400 millones de dólares le llegaron desde las arcas de la financiera de riesgo Draper Fisher Jurvetson: suficiente para construir una planta modelo y emplear a quinientas personas. Dos cosas llamaban la atención: el férreo secreto que rodeaba el trabajo, y en las entrevistas face to face con periodistas.

Apenas pasado un año, Theranos estaba autorizada para operar en todo Estados Unidos, ofreciendo “más de doscientas pruebas diferentes de sangre sin necesidad de usar una jeringa”.

Cada vez más pacientes, más inversores privados –Walmart invirtió 100 millones en Theranos, sólo por el boca a boca–, y un consejo de administración que expulsaba cualquier duda o sospecha: George Shultz, William Perry, Henry Kissinger. Además de entrevistas privadas con el presidente Bill Clinton, portada de Forbes con el título “Primera mujer en alcanzar una fortuna de más de mil millones por sí misma” y número 110 en la lista de los norteamericanos más ricos.

Sin embargo, cuando los inspectores llegaron a su laboratorio, descubrieron que no cumplía las normas mínimas de higiene, Theranos ya no albergaba sólo quinientos empleados. Había crecido en metros cuadrados, y cualquier visitante se asombraba al ver a legiones de técnicos encorvados sobre los instrumentos de análisis de la sangre, con guardapolvos níveos, barbijos, guantes.

Fuera de esa burbuja de éxito imparable y técnica revolucionaria, la comunidad médica y algunos periodistas de investigación se hacían preguntas sin respuesta. Porque hasta un profano bien podía preguntarse por qué una gota de sangre tenía el mismo efecto y valor de diagnóstico que una ampolla de cinco o diez mililitros con el mismo contenido.

En febrero de 2015, John Ionnidis, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford (la misma que Elizabeth abandonó a los 19 años), acusó a la empresa ante la Asociación Médica Americana “por usar a la prensa para emocionar al público y alejarlo de la revisación típica y necesaria anterior al diagnóstico y tratamiento”.

Una inspección sorpresa de la Food and Drugs Administration descubrió que el laboratorio del subsuelo no cumplía los mínimos estándares de higiene, y los análisis de la máquina Edison eran, respecto de los tradicionales, absolutamente fallidos.

En 2015, abrumada por las acusaciones, las deudas con proveedores y las indemnizaciones a sus empleados, aquella colosal cifra de 9 mil millones de dólares llegó a cero. Holmes enfrentará un juicio que podría condenarla hasta 20 años de cárcel. Ante el tribunal enfrentará, junto a Ramesh Balwani, once cargos. Los más graves: fraude, y conspiración para cometer fraude electrónico contra inversores, médicos y pacientes.

Fuente: Infobae